22 mar. 2015

Baúl de los recuerdos.

¿Hola? ¿Hay alguién ahí? 
No, ya se que no
Y es que, al fin y al cabo, esto ha acabado por convertirse en el baúl de los recuerdos;
Colocas ahí todo lo que en un momento considerabas importante
Con la intención de acudir a mirarlo y añadir cosas en poco tiempo
Pero no lo vuelves a mirar en años
Y cuando lo haces, ya no te sientes identificado con lo que habías puesto
Y te arrepientes de no haber guardado otras cosas
o de nunca haber metido aquello.
.
.
.
Y si ni tú lo abres de vez en cuando... ¿Quién iba a hacerlo?

12 feb. 2014

Los sin nombre

El hambre azotaba las tripas de aquellas pobres personas. No tenían comida con la cual alimentarse y subsistían día a día a base de duros trozos de pan. Las noches se hacían largas y duras, porque los gritos de sus doloridos estómagos los mantenían en vela. Uno pensaría que tras varias semanas con tan pobre sustento, el cuerpo acabaría adaptándose a las circunstancias, sin embargo, no pasaba día en el que soñasen con algo que llevarse a la boca, fuese un suculento cocido o una barra entera de aquel pan que se repartía entre los soldados que paseaban de vez en cuando por aquellas calles.

Tras ese hambre, siempre venía la enfermedad. Casi nadie aguantaba demasiado tiempo en esas circunstancias. Los primeros en caer siempre eran los más pequeños, que se hacían un ovillo mientras sollozaban- unos más alto que otros- pidiéndole a todo el mundo que calmaran aquel dolor, y los ancianos, con su anciana y triste mirada perdida, hablando, entre estornudo y estornudo, de una infancia feliz, en la que un catarro se curaba con algo de jarabe, mantas bajo las que esconderse y mucho amor materno.

Sin embargo, antes o después, todos ellos acababan muriendo. Tras muchos días de dura lucha contra lo inevitable, las almas abandonaban aquellos flácidos cuerpos dejándolos para los gusanos y los pájaros, y llenando las calles de un olor a putrefacción. ¿Qué clase de final es aquel en el que, las madres, en vez de llorar por la pérdida de sus hijos, se alegran porque tendrán más alimento y espacio para dormir?

La guerra, al fin y al cabo, puede ser alegre para los que ganan, fiera para los que la luchan, y triste para los vencidos. Pero para aquellos que lo pierden todo por tener la mala suerte de encontrarse en el paso de los dos ejércitos, para ellos solo queda el hambre, la enfermedad, y por último, la muerte.

15 dic. 2013

Cien años y una sola casa.


Aquel edificio había pertenecido siempre al pequeño pueblo de Ledries. Era tan solo una pequeña casa construida en piedra en la que nadie vivía ya, más que un puñado de arañas y algún que otro vagabundo afortunado que pasaba allí una o dos noches antes de continuar su camino hacia un futuro incierto.
Sin embargo hacía unos cien años, cuando aquella casa había sido construida, rezumaba de vida. Fue construida por una pareja deseosa de tener su propia casa. Su realización duró tres largos años que pasaron eufóricos ante la expectativa de un pequeño hogar que cada día iba creciendo más gracias al sudor de sus manos. La pareja vivía feliz planeando su futuro sentados debajo de un castaño del cual actualmente solo quedaban ramas secas.
Cuando la casa estuvo finalizada, la pareja se mudó allí y comenzó a arreglar el interior. Comenzaron banales discusiones sobre el color de las paredes o el amueblado perfecto, pero todo transcurría tranquilo en su pequeño nidito de amor.
Tras varios años, siendo la casa parte de la pareja, nació un pequeño niño que fue recibido por lágrimas de alegría y nuevas expectativas del futuro; era un nuevo comienzo. La nueva familia vivió felizmente durante muchos años. El bebé fue creciendo hasta convertirse en un niño sonriente y pecoso que pasaba sus tardes jugando en el pequeño patio delantero en el cual habían colocado un columpio para gozo y disfrute de su hijo. La pareja se había distanciado un poco por culpa de sus atareados trabajos, y la cocina había sido pintada de azul, pero por lo demás nada había cambiado.
Poco tiempo más tarde, otro miembro más se unió a la pequeña familia. Por esta razón, tuvieron que agrandar la casa para añadir una pequeña habitación pintada de rosa que provocó problemas económicamente y peleas algo más duras y prolongadas.
La pequeña niña creció junto a su hermano, y llegó a la etapa adolescente, en la cual dio muchos más problemas que su hermano mayor, como no dejaban de repetir sus padres. Tras varias peleas y encontronazos con la policía, cumplió los diez y ocho años y se fue de casa junto con su pareja, dispuesta a vivir la vida. Sus padres quedaron destrozados y su primogénito decidió posponer sus planes de huida a la ciudad para no darles otro disgusto tan seguido. Sin embargo, un año después, el joven hombre decidió emprender las riendas de su vida y marcharse a formar su propio futuro.
La pareja volvió a encontrarse sola de nuevo. Ahora los silencios eran mucho más pesados y se escuchaban los ecos de lo que había sido anteriormente una casa llena de risas.
Comenzaron a centrarse cada uno en sus propias actividades para intentar acallar el dolor de la pérdida de sus hijos, y poco a poco fueron recuperándose de ello, aunque el lazo que los unía no era el de antes.
Los años pasaron y la vejez comenzó a llamar a su puerta, y los días se volvieron monótonos. La alegría volvía de vez en cuando, cuando sus nietos venían de visita e inundaban la vieja casa de vida.
Comenzaron a notar los síntomas del envejecimiento cuando el marido sufrió un ataque de corazón del que se recuperó a duras penas. Pero se tenían el uno al otro.
La vida pasaba fuera de la casa. El verano, el otoño, el invierno y la primavera se sucedían velozmente, en un círculo interminable. Las canas eran más presentes, el dolor de espalda, más fuerte, y pasaron a tener algún que otro nieto.
Y un día, todo aquello se acabó.
La Muerte entró sin previo aviso y acogió con dulzura los cuerpos de la pareja.
Nadie quiso volver a oír sobre aquella casa. Demasiados recuerdos se agolpaban en las cabezas de todos ellos, y querían eliminarlos cuanto antes. Era mucho más fácil ir de vez en cuando al cementerio a rendir tributo que vivir en una casa en la cual el alma de la pareja se escondía en cada rincón.
Y así la casucha fue abandonada a su suerte, hasta que el alcalde del pueblo decidió que su estructura no era la adecuada para los edificios que quería construir, y la casa fue derrumbada.
Sin embargo, la decisión de construir aquellos edificios se vio imposible de realizar por falta de presupuesto y por cambios en el gobierno.
La maleza comenzó a cubrir los restos y no fue hasta quince años más tarde, que una pareja decidió construir una casa en aquel páramo desierto.
Desde entonces, los restos de la casa son visitados de vez en cuando por una feliz pareja deseosa de ver como se construye su nueva casa.

Ella



Entrecerrando los labios alrededor del cigarrillo, Amanda aspiraba el suave aroma que ella vinculaba al único momento libre del día. Intentaba que este vicio no se volviese una adicción, sin embargo era difícil vivir sin esa placentera sensación que le daba aquella droga. Tenía perfectamente en cuenta que este pequeño placer le estaba provocando pequeñas arrugas en el rostro que la hacían aparentar mucho mayor de lo que era realmente. Sin embargo, el aire de elegancia que le aportaba a su delgado y esbelto cuerpo, era un beneficio que ponía siempre por delante. Incluso cuando personas de su entorno le hacían referencia a lo demacrada que parecía su cara, llamándola la atención sobre su posible adicción cuando ella salía presurosa del lugar en el que se encontrase para consumir su preciado tesoro o (solamente los más cercanos a ella y los más valientes) que sus antes esbeltos pechos, comenzaban a peligrar.
Sin embargo ella ignoraba los comentarios, atribuyendo todos esos factores al trabajo. “En cuanto acabe con este maldito trabajo, me centrare en dejarlo. Hasta entonces, dejadme en paz de una maldita vez” Era una frase que solía repetir a menudo cuando sus compañeros la presionaban, alzando altivamente la cabeza. Quizás lo decía más para ella que para el resto.
El trabajo. Todo era culpa de ello. Amanda era una mujer mucho más elegante y valiosa que todos aquellos que estaban en la empresa con ella. No eran más que una panda de incompetentes que a la mínima salían presurosos en busca de ella, como si fuesen niños asustados en busca de una madre que les solucionara todos sus problemas con una gran sonrisa. Pues bien, así no era ella. Y no pensaba cambiarlo por una panda de niñatos ignorantes. Aquello la ponía nerviosa. Hasta el punto de comenzar embravecidas discusiones con todos ellos, pensando que así no la volverían a molestar. Pero se equivocaba y la cosa continuaba en un terrible círculo vicioso.
Ella quería salir de allí cuanto antes. Irse con su paso elegante que todo el mundo odiaba (seguramente por envidia) y enseñarles de una vez lo que pensaba de todos ellos, ya que al parecer nadie lo entendía. Quizás podría quemar el edificio. Así seguro que la recordarían.
Amanda apagó el cigarrillo aplastándolo contra el murillo, y se dirigió hacia el gran edificio mientras metía sus manos en los bolsillos, intentando entrar en calor y resoplando por la expectativa de lo que tenía que aguantar en cuanto entrase allí dentro.
Sería mucho más fácil irse de allí y dejar tras de sí un simple rastro de tabaco y las huellas de sus altos tacones. Que les jodan a todos.

Un segundo, mil penurias.


El aire azotaba las mejillas de Nadia mientras esta se precipitaba al vacío.
No se arrepentía lo más mínimo de lo que estaba haciendo. Hacía mucho tiempo que la cuchilla había dejado de hacer el efecto deseado; ya no aliviaba su dolor, y se había ido quedando poco a poco sin esperanza. Los días se prolongaban eternamente, como filas interminables de hormigas, para no aportar más que desesperación y temor a su vida.
Estaba cansada de los golpes y de las críticas que no dejaban de lloverle. “Eres demasiado débil. No sirves para nada. Maldita cría hipócrita…” No lograba apoyo por ninguna parte. Sin ir más lejos, la única persona que la había animado y tranquilizado en algún momento, había salido huyendo de su casa con una maleta a cada mano, y sin la intención de volver hacía apenas unas semanas. “Lo siento mucho, niños. No puedo más.” fue lo último que gritó antes de desaparecer tras la esquina del edificio, con lágrimas en los ojos, y el recordatorio en la cara de lo que había sido vivir en aquella casa de los horrores. A partir de entonces, todos los golpes habían caído sobre ella, como si hubiese tenido la culpa de su partida. Pero no era así. O eso intentó creerse hasta el día anterior…
 Ella había llamado por teléfono. Los dos hermanos apretaron sus orejas al auricular. “Esto es horrible, chicos. Pero mucho mejor que estar allí. Deberíais veniros conmigo de una vez. Abandonar a ese capullo. ” Cuando colgaron el aparato, una sonrisilla de esperanza había aparecido en sus caras. La sonrisa continuaba allí cuando él entró en casa, cansado y malhumorado, como siempre. Y esa demostración de alegría en el ambiente le hizo sospechar que ocultaban algo. “¿Qué habéis hecho ahora? ¡Acaso os hace gracia estar ahí, parados, mientras yo pierdo la piel para que podáis vivir! He perdido el maldito trabajo por vuestra culpa. ¡Reíros ahora si podéis!” Había gritado con furia. Había sido un mal día y tenía que hacérselo pagar a alguien. Los hermanos acabaron con lágrimas en los ojos y no quedó nada de las sonrisas. Mientras subían corriendo las escaleras, el que había sido siempre su compañero de batallas y penurias, la empujó escaleras abajo. Ella tropezó y cayó rodando hasta el pie de las escaleras. “¡Al fin y al cabo, es todo tu culpa!” gritó desairado su hermano mayor “Esto no pasaba cuando tu no habías nacido. ¡Deberías morirte! ¡Morirte!”
Y eso estaba haciendo.
Un  segundo antes de ser aplastada por el asfalto, Nadia pensó en ella. En su nombre.
“Es un bonito nombre.” Le había dicho alguien alguna vez sacándole una sonrisa de orgullo. Pero aquel nombre era demasiado generoso.  Tendrían que haberla puesto un nombre más acorde a ella como Nadie, Nada o incluso Esa. Eso significaba para todo el mundo. No era más que una más.